Cuento de Mindfulness para adultos

Cuento de Mindfulness para adultos: Y llegó a su destino

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Aquella mañana comenzó como una mañana cualquiera. Unos instantes antes de que sonase la alarma del reloj Moira ya estaba despierta, eran tan solo unos instantes en los que por un momento se sentía despierta antes de que su mente se activara, instantes mágicos como le gustaba decir a ella, momentos en los que realmente se daba cuenta de que dentro de ella había algo más que una mente pensante. Permanecía así en ese estado unos minutos, justo hasta que sonaba el despertador. Aquella mañana, siguiendo con su rutina, Moira apagó la alarma y dejó su reloj en la mesilla intentando no sucumbir a la tentación de mirar el whatsapp y la bandeja del correo.
Lentamente pero sin pausa se acercó al cuarto de baño, muchas mañanas agradecía esa reforma que hizo en su casa cuando incorporó el baño a la habitación, le resultaba muy cómodo, todo lo que necesitaba a esa primera hora, lo tenía cerca. Abrió el grifo del agua fría y tras mirarse unos instantes al espejo, unos instantes eternos durante los que se daba los buenos días mirándose directamente a los ojos, Moira se preparó para recibir el aliento fresco del agua recorriendo su rostro.
Revitalizada se dispuso a sentarse en su banquito de meditación, había descubierto la práctica de la meditación Mindfulness unos años atrás y desde entonces, solía dedicar un rato todas las mañanas para sentarse, cerrar los ojos y respirar prestando atención a las sensaciones en su cuerpo al recibir la caricia de una leve corriente de aire, el arrullo de un sonido lejano o tan solo percibir el sonido del silencio. Después de unos minutos y si disponía de tiempo Moira solía salir a correr. No era una gran corredora de esas que se llevan sus zapatillas a todas partes, y sin embargo superaba la pereza de la mañana y salía a correr por el parque. Esa mañana la claridad iluminaba la vida, y el sol todavía tímido saludaba desde el horizonte haciendo pensar que sería otro día luminoso. Moira corría y corría, acompasaba su respiración con sus pasos, le gustaba ir consciente, atenta a esa vida que despertaba cada mañana. Solía cruzarse con las mismas personas cada día, la mujer arreglada de paso ligero camino del metro, el hombre que vendía cupones sentado delante del quiosco de periódicos, los grupos de chicos y chicas camino del instituto, Moira se cruzaba con todos ellos, ligera, atenta, presente en su paso. En seguida llegaba al parque, un antiguo pinar reconvertido en parque en el que todavía y en algunas zonas se podía tener la sensación si cerrabas los ojos de estar en el campo. Moira amaba ese parque, cuando corría por la tarde lo hacía acompañada de su hija y aquellos instantes los recibía como un auténtico regalo.
Aquella mañana completó su recorrido y se dispuso a emprender el rumbo a casa, poco a poco iba aflojando la marcha hasta convertirla en un paso ligero. En ese momento sentía su cuerpo sudoroso, fresco, sus músculos tensos y firmes tras haber realizado el esfuerzo. Aquella mañana al pasar por delante de la panadería se dejó atrapar por el olor a pan recién horneado, entró y compró una pequeña barrita de cereales que todavía estaba caliente y que le gustaba mucho. Llegó a casa, se duchó, disfrutó del agua recorriendo su cuerpo, de sus manos acariciándolo con el gel… sin duda eran pequeños placeres cotidianos como le gustaba pensar a Moira, así que se daba permiso para disfrutarlos intensamente, como si fuera la primera vez que lo hacía, o quizás fuera la última.
Tras la ducha y envuelta en su albornoz se preparó el desayuno, cogió las naranjas para hacer el zumo, se fijó en su tamaño y en como algunas tenían manchas en la piel, y pensó en ella, en su cuerpo cada día mas pecoso, en las manchas de su cara que nacieron con ella ahora acompañadas por otras de madurez. Tras el zumo cortó delicadamente un trozo de pan, lo dividió en dos mitades aspirando el olor del pan recién hecho, y recibiendo el calor que todavía transmitía a su manos. Cogió el aceite y lo echó en el pan, vio como el líquido verde y dorado nutría la masa recién horneada, le añadió una chispa de sal y lo dejó en el plato para prepararse el te.
Aquella mañana el desayuno fue una fuente de sensaciones, el pan crujía y el aceite tenía un sabor delicado e intenso, el zumo era dulce y el te picante. Moira recogió todo, hizo la cama y se vistió. Solía vestir cómoda sin grandes adornos aunque sí le gustaba darse un toque de color en la cara y ponerse un poco de perfume.
Aquella mañana Moira salió de su casa camino del metro. Algunas veces cogía el coche si la distancia a recorrer era mayor, pero esa mañana tenía una cita en el centro de la ciudad. De nuevo salió a la calle haciendo una pausa de atención, miró hacia el cielo surcado de nubes blancas y se sintió viva, muy viva. Caminó hacia el metro, sacó su billete del bolso y pasó el torno. Ya en las escaleras mecánicas Moira sintió un ligero escalofrío, como si alguien hubiese abierto una ventana y una corriente de aire hubiese entrado recorriendo todo su cuerpo. Vaya pensó, quizás tendría que haber cogido algo más de abrigo. Tras las primeras escaleras mecánicas llegaron las segundas y por fin el andén del metro. Había gente esperando, el letrero luminoso indicaba 2 minutos para el siguiente tren. Moira avanzó pausadamente por el andén, se sentía tan viva…. se acercó a uno de los bancos de la estación y se sentó, a su lado había un chico joven con cascos, quizás irá a a la Universidad pensó Moira, tenía una ligera barba rubia y unos ojos grandes de color miel, cruzaron una mirada leve y una ligera sonrisa a modo de saludo. Moira cruzó las piernas y se dispuso a esperar. 1 minuto marcaba el letrero. Miró hacia el fondo del andén y vio entrar a un grupo de chicas con sus grandes bolsos, de esos en los que te cabe una vida entera, y sus carpetas en los brazos. Sonreían, hablaban, transmitían entusiasmo y vida. Por fin el letrero anunció: el tren va a llegar a la estación. Moira se levantó del banco y se acercó al andén, el chico de los cascos también se levantó. Se abrieron las puertas y entraron en el mismo vagón, tras cerrarse las puertas Moira escucho las risas del grupo de chicas al final del vagón. El tren reanudó su marcha, dejaron la luz del andén para adentrarse en el túnel, Moira se sentía bien, viva, en paz, respiraba con conciencia, tenía una cita de trabajo importante para ella, sabía que pasara lo que pasara todo estaría bien. De pronto un ruido sordo, Moira se vio envuelta en luz, una luz cegadora, era como cuando se despertaba, se sentía viva pero su mente no estaba activa, fueron unos instantes, sus últimos instantes antes de que todo se fundiera en negro.

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